
Para una mujer un párpado es un órgano que requiere atención y cuidados. Puede ser pintado, alargado, decorado; hay párpados de viuda y de matrona; cabe considerar la blefaroplastia; este rizador es apropiado para una reunión, no para una entrevista. Hay un alfabeto del párpado. Si en un juicio por violación el acusado lograra reunir tres testigos que declararan haber visto a la querellante, en la noche de autos, parpadeando frente a él, ¿podría ese acto ser considerado un indicio de consentimiento? ¿Sería un eximente o incluso un motivo de absolución? Feliz quien parpadea sin pensarlo; hay quien lo tiene que pensar diez veces.
En su teoría de la caracterización literaria William Gass señaló que un personaje no tiene nariz si el autor no dice que la tiene. ¿Qué ocurre, pues, con los personajes que carecen de párpados? En 23 Pandoras el criterio de selección ha sacado a la luz un tema infrecuente; no lo hallaremos en una compilación de lírica masculina. Quien es consciente de sus párpados tiene presente ese tema, y lo trata de manera sociológica, pragmática e indexal; en cambio, quien ha sido educado para considerar que los párpados sólo sirven para proteger los globos oculares lo ignorará o, a falta de un saber práctico que lo acoja, habrá de considerarlo al modo metafísico: el ojo sin párpado, la visión pura, la mirada esencial. Esa ignorancia es valiosa, porque en el canon de las letras la expresión "visión pura" vale diez veces más que el nombre "Margaret Astor". Para acceder a ese canon, o para contribuir a su construcción, es preferible desconocer, o fingir que se desconoce, la diferencia entre Margaret Astor y Helena Rubinstein. Así -con ignorancias como esta, revestidas de tropos y decoradas con filosofía- se construye el canon. Por eso tiene sentido hablar de alternativa.
Eloy Fernández Porta
La Vanguardia, suplemento Cultura/s